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Capítulo 4

 

LOS DOLORES DEL AMOR

 

 

Nuestras alegrías son tiernas flores que la lluvia mancha y el viento deshoja. Cuántos puros amores fueron frustrados en el pasado, cuántos lo serán en el futuro. ¡OH, cuánto dolor deja el querer!

 

Yasodara era de sangre noble y, entre la raza Sakia, existía la tradición de que, cuando una doncella fuese pedida en matrimonio, el pretendiente tendría que batirse en duelo con los otros aspirantes a su belleza.

 

Aunque el rey Sudodana era autoritario, no podía contradecir esta costumbre ya que lesionaría su honor. La alegría de saber que su hijo podría cambiar fue tan inmensa como fugaz; sabía que Sidarta nunca se había interesado por practicar las artes atléticas de la guerra.

 

Con seguridad sería vencido por el adversario. Varios y muy valientes los tenía pues, la princesa Yasodara era la mujer más hermosa y codiciada que el mundo había conocido. El brillo de sus ojos opacaba el esplendor de las estrellas y su tez, matizada por el Sol, reflejaba la poesía de todos los espectáculos celestes.

 

Por ello Devadata, el primo que había jurado vengarse, encontró la oportunidad propicia para arrebatarle a Sidarta su tesoro mas preciado. Junto con Arjún, otro joven ambicioso, ambos fuertes y valientes, retaron a Sidarta a ganar el máximo trofeo al cual se podía aspirar: Yasodara.

 

Aquí no valía el amor sino el triunfador. El padre de la princesa la entregaría con honor al vencedor. Las mujeres no tenían en ese entonces el divino derecho de elegir al dueño de sus corazones.

 

Las absurdas ideas de monje de Sidarta, el contacto con sabios y la meditación eran cosas que no le ayudarían en nada en este caso.

 

El rey no sólo sufriría por haber perdido la oportunidad de ver feliz a su hijo, sino que también quedaría en ridículo por las burlas a que se iba a exponer su heredero ante un público sediento de proezas.

 

El día de la competencia llegó. En el campo atlético se reunieron, a un lado los muy versados jueces en artes marciales, la corte en pleno, invitados especiales, príncipes y nobles.

 

En un sitio especial, tan asustada como una gacela herida, una rosa celeste llamada Yasodara gemía internamente temblando impotente. Horas más tarde sería el botín de un ganador desconocido. Arjún tenía su frente abultada por un cúmulo de maldad. Devadata simplemente tenía el alma endemoniada.

 

Al otro lado, el pueblo se amotinaba entre las barreras de guardias reales que, a golpes de escudo y espada, los mantenían a prudente distancia. Un espectáculo que nunca se repetiría, nadie lo podía perder.

 

El rey, sentado en rojos almohadones y rodeado de elegantes atavíos, era abanicado con manojos de plumas de pavo real que de nada le refrescaban su alma que sudaba fuego. Dio la orden y el clarín sonó.

 

Se hizo silencio y las respiraciones se contuvieron. El juez revisó la distancia de un tablado con tres círculos y un punto donde debía clavarse la flecha de los contrincantes.

 

Devadata pidió un arco de presión media propia para jóvenes fuertes; estaba confiado porque desde niño se había entrenado en estas artes, aunque, esta vez no se trataba de un juego, y la distancia era superior a las acostumbradas.

 

Estiró al máximo el arco, hizo una mueca y soltó la flecha; ésta se clavó en el segundo círculo. La gritería y los tambores estremecieron el suelo. Con una carcajada vulgar celebró su triunfo.

 

 

Siguió el arrogante y fuerte Arjún . Pidió un arco de talla dura, pero, al no poderlo encorvar, se contentó con uno de presión media.

 

Tomó tiempo suficiente para calcular el ángulo, disparó la flecha y ésta se clavó en el primer círculo. La algarabía fue mayor pues lo daban ya por ganador; nadie podía superar su acierto.

 

Miró con desprecio a Yasodara y sacó su asquerosa lengua, como queriéndole decir a la princesa que pronto sería su pastel favorito.

 

El turno fue de Sidarta. Pidió el arco de grado fuerte y temple duro. Solicitó que el tablón fuera alejado 30 pasos más de lo corriente y estiró el arco tres cuartas partes en su totalidad, ante la mirada incrédula de Arjún.

 

Miró las copas de los árboles y notó que el viento soplaba hacia el occidente; tuvo en cuenta el detalle para desviar el arco algunos grados dado que la flecha sería desviada en parte por la brisa.

 

Estiró nuevamente al máximo el arco duro, meditó por un instante, se concentró, contuvo la respiración y le dijo a la ágil saeta: -te doy la libertad para llegar a volar como el rayo, justo a la meta.

 

La flecha silbó cortando el aire en dos y se detuvo justo en el punto céntrico, con tal impacto que tumbó las dos flechas anteriores que estaban a medio clavar.

 

No hubo algarabía. La gente se negaba a creer y todos se preguntaban, cómo pudo Sidarta realizar tan certero disparo. Chana mismo, quien asistía al príncipe, le preguntó:

 

- ¿Cómo lo hiciste, si en tu vida no habías practicado?

 

-Mira Chana -le dijo el príncipe-: la vida del hombre no comienza en el nacimiento ni termina en la tumba. Cuando vine a este mundo ya traía los dones y habilidades que tú aún no conoces; esto y mucho más ya lo había hecho.

Chana no comprendió muy bien y tampoco hubo tiempo para más explicaciones, puesto que ya los clarines anunciaban la segunda competencia. Se trataba de partir de un golpe de espada dos troncos previamente escogidos y medidos por los jueces.

 

Devadata logró partirlos sin problemas; Arjún tuvo mala suerte; aunque su golpe fue muy fuerte, la espada no entró en posición correcta y se partió.

 

Sidarta pidió que se pusieran tres troncos y, con encendido brío, de un solo golpe recto y certero, los partió. Hubo gran bullicio y las barras vociferaron a su favor.

 

Pero aún faltaba la última competencia, la más difícil, y valía por las dos anteriores. En ésta podía establecerse un empate lo cual era peligroso:

 

El mejor jinete debía llegar a la meta en el menor tiempo posible.

 

Arjún montaba el mejor corcel entrenado, ganador de todas las carreras en que había participado. Devadata montaba a Titán el invencible, Sidarta en el blanco KANTAKA .

 

Sonó el clarín de la partida. Arjún y Devadata batieron sus látigos, y las espuelas se clavaron en el vientre de los corceles los cuales, asustados y adoloridos, partieron con gran estruendo y velocidad tomando la delantera.

 

 

Sidarta, únicamente acariciando a Kantaka, le susurró al oído: -Corre, síguelos y alcánzalos. Faltaba un cuarto de pista para llegar a la meta, cuando un meteoro blanco sobrepasó a los dos jinetes que proferían gritos y batían sus látigos tratando en vano que sus asustados y atormentados corceles aumentaran la velocidad.

 

Al presentarse ante los jueces, Arjún y Devadata desconocieron el triunfo de Sidarta, aduciendo que no era él quien había ganado sino que cualquiera que montara al gran Kantaka lo hubiera hecho.

 

Propusieron entonces que, quien durara más tiempo montado en un brioso e indómito caballo salvaje, fuese el ganador.  

 

LA FIERA NEGRA

 

Sidarta aceptó el reto. A la arena fue traída por 10 hombres, con lazos y palos, "La Fiera Negra": Caballo de pura raza a quien nadie había podido montar. Fue acuñado contra dos tablones de su altura para poder detenerlo mientras alguien osaba montarse en él.

 

Lo único blanco que tenía era la espuma de rabia que brotaba por su boca. Sus cascos de plomo eran un arma mortal para el desprevenido que estuviera a su alcance.

La turba aulló enardecida. Estaba sedienta de ver sangre, y tanto mejor si provenía de la realeza. La marea humana se desbordó de emoción y los guerreros utilizaron el filo de sus espadas para calmarlos. El espectáculo se tornó rojo y la impetuosa luz del medio día comenzó a ennegrecer las espaldas.

 

Al ver al gigante negro, Arjún sintió cómo el miedo le hacía burbujas en su estómago y renunció a montarlo; obviamente lo sacaron de la competencia. Una blasfemia atroz retumbó en su interior.

 

El orgullo, la ambición y la envidia de Devadata le obligaron a montarlo mientras el gigante animal estaba fuertemente atado.

 

Y ocurrió que, antes de que fuese soltado el salvaje corcel, de un relincho lo lanzó por los aires como si se tratase de un mosquito. Un relámpago de ira brilló en los ojos de Devadata; escupió groseramente el suelo y maldijo todo lo que estaba al alcance de sus turbios ojos.

 

 

Sidarta dijo: -Yo montaré al que creen que es un ser indómito. La familia real que presenciaba la competencia se puso de pie, Yasodara se cubrió con el velo y no quiso mirar.

 

El rey iba a cancelar el acto al ver que la vida de su hijo se encontraba en juego, pero Sidarta en ese momento se acercó de frente al noble animal, el cual había sido maltratado por los hombres.

 

Trató de tocarlo pero el caballo desconfiaba; parecía que sudaba fuego. Sidarta recordó las instrucciones que le había enseñado Koti, cuando tenía ocho años:

 

- "Si tu mano es amable y tus palabras tiernas, podrás conducir un rinoceronte con un cabello".

 

Sidarta le habló; con mucha precaución, acarició la crin del maltratado animal y continuó hablándole. Aun sin montarse ordenó que fuesen aflojando suavemente las sogas que lo incomodaban.

 

El príncipe continuó hablándole al noble corcel en esta forma: -Si te dejas montar por un minuto, te daré la libertad por toda la vida- y parece que le entendió.

 

Sidarta se montó suavemente en la fiera negra; las cuerdas fueron aflojadas suavemente hasta ser desatadas por completo y el brioso animal, en trote lento, dio una vuelta por el campo de arena.

 

El príncipe saltó pronto a tierra y cumplió su promesa. Dando una palmadilla en el lomo del gigante negro le dijo: -Corre veloz, eres libre.

 

La fiera negra emprendió veloz carrera hacia su libertad dejando tras de sí una espesa nube de polvo. Nunca más se le volvió a ver.

 

El pueblo estalló en júbilo. La honorable corte estaba de pie para ver el feliz desenlace pues el padre de Yasodara debía entregar con toda pompa a su hija como premio al ganador.

 

Cuando se disponía a hacerlo, Yasodara, sin consentimiento de su padre, emprendió veloz carrera hasta donde se encontraba Sidarta. Con voz entrecortada por la emoción le dijo:

 

- ¡No es mi padre quien me entrega con honor, soy yo quien te regala con amor mi corazón! Y te aseguro, dueño de mi ser, que si no hubieses triunfado, en este momento yo no viviría, por que únicamente nací para ti.

 

Aunque ese acto estaba muy distante de ser la costumbre de la época, puesto que se debía conservar el protocolo que la realeza había preparado para el evento, el amor puro en ninguna época tiene condiciones.

 

En ese momento las estrellas comenzaron a orbitar los corazones unidos de la pareja real. Por un momento los novios sintieron ser el centro del Universo. Sidarta experimentó un impulso espontáneo y abrazó a Yasodara y, en un beso ferviente y delirante, le expresó lo mucho que la amaba.

 

Nunca pensó que llegaría a hacer esto con una mujer, quizá el instinto natural le enseñó a hacerlo. Cuando hay amor no se piensa... y, si se piensa, no hay amor.

 

Minutos antes en la ruda competencia había derrotado a los más fuertes y, sin embargo, su respiración no se encontraba alterada. Mas, en ese instante se sintió desfallecer y por poco cae a tierra derribado por el contacto con una flor, tan sutil como un capullo recién abierto, que lo sumergió en un tibio embeleso; es natural que le halla ocurrido eso porque amar y ser amado es como juntar la luz de dos soles.

 

Cuando Sidarta bajó en temperatura, le dijo: -Gracias Yasodara por convertir un niño triste en un hombre feliz.

 

 

Los crespones de zafir del firmamento se fueron apagando. La pareja real se retiró de la multitud. Ese día mil flores nacieron en el campo y, en la noche una nueva estrella brilló en el firmamento.

 

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Magnum Astron - 2008