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Capítulo 3
UN PRIMER DESCUBRIMIENTO
Crecía el príncipe. La orden del rey era que fuese rodeado de todo lo bello y grato, evitando también toda conversación y contacto con cosas desagradables. No podía ir más allá de los jardines del palacio.
Preocupado, Sudodana sabía que ninguna jaula dorada podía agradar al pájaro cautivo, y su hijo nunca había salido de su espléndida cárcel.
Decidió, él mismo, prepararle un recorrido por los campos aledaños los cuales previa mente ordenó limpiar y retirar cualquier cosa que representara el dolor; además fueron traídas exóticas aves para aparentar un paraíso.
Llegada la hora invitó a su heredero diciéndole:
-Camina a mi lado, hijo, y mira cómo la primavera hace sonreír la vida; observa los árboles cómo dan en abundancia coloridos frutos, las flores brillan y desgranan sus corolas al Sol, y la balsámica y suave brisa nos reconforta a todos.
-Las abejas recogen rica miel y reparten el polen del amor a otras flores. Los pájaros cantan felices, la ardilla juega, los arroyos bajan cantando hasta el río y el refrigerante manantial descansa en su lecho para formar remansos divinos. ¡Todo es bello! El aldeano trabaja feliz la tierra y el noble buey le ayuda gustoso.
Sidarta escudriñaba en silencio pero sus ojos vieron otra cosa. Observó cómo el aldeano, ampolladas sus manos, sudaba fatigado de luchar contra la dura tierra para poder subsistir, entregando todo su trabajo a otros para que, en cambio por tan rudo trabajo, recibir lo mínimo.
El buey, amarrado de una argolla que perforaba su hocico, caminaba penosamente arrastrando el pesado arado obligado por el rejo de su dueño que le ardía en el cuero cuando intentaba descansar.
Vio cómo la rana atrapaba moscas con su viscosa lengua y se las tragaba vivas; vio cómo la serpiente se tragaba viva a la rana, mientras ésta sufría el horroroso martirio de la muerte, lenta y cruel, en las fauces de un monstruo venenoso.
Vio cómo el águila atrapaba entre sus filosas garras a la serpiente la cual era después despedazada poco a poco por los pichones. Y recordó cómo el hombre con sus flechas caza al águila dejando a sus polluelos morir de hambre, inermes en su nido.
- ¿Es ésta la vida tan hermosa que me muestras padre mío? Una vida que se nutre vorazmente de la misma vida en forma tan cruel y despiadada ¿Esta es la obra maestra de los dioses que se supone son compasivos?
-Ya sé padre mío que el pez pequeño es comido por el más grande, y éste, a su vez, por otro mayor.
-La lagartija se alimenta de la mariposa y el halcón se engulle a la lagartija; ésta es comida por el gato montés que la destroza en vida en horrible suplicio y luego el tigre los devora todos.
-El hombre mata al tigre y asesina a su hermano. De hecho es quien ostenta el título de ser el mayor de los criminales es el mayor de los criminales. ¿Es, ésta, la vida rica en belleza que me muestras padre mío?
-El huracán de la vida hace luchar a todo lo que vive; aquí nadie encuentra reposo.
Esta rueda espantable tiene radios de nacimiento y muerte, gira llevando y trayendo alegrías y tristezas, placeres y dolores, glorias y humillaciones. Todo se va y todo vuelve a comenzar.
- ¿Por qué los dioses, siendo justos, permiten esta infamia? Y si no pueden hacer algo mejor, ¿cómo es que son dioses? Y si existe un dios todo bondadoso y omnipotente, ¿de donde procede el mal del mundo? Considero, padre mío, que si Dios no hizo el dolor tampoco debió admitirlo.
Rey y príncipe, en silencio, regresaron al palacio. El primero malhumorado se retiró a su opulenta recámara, y el segundo, con el corazón partido en mil pedazos, entró en profunda meditación hasta que las sombras de la noche se hicieron tan negras como las dudas que gravitaban en su mente:
-¿De dónde viene el torbellino misterioso y devorador que plasma la vida, empapada de dolor y de tristeza? ¿Qué representaban esos puntillos de placer rodeados de gigantescas manchas de dolor?
-Los dioses deben ser hermanos de los hombres, así como los hombres son hermanos de las bestias y como estas últimas son hermanas de las plantas... Y nuestra alma debe estar renaciendo continuamente alternando entre de los diferentes cuerpos, para compensar las acciones buenas o malas que hagamos en nuestra forma consciente.
LOS TRES PALACIOS
Por su parte el rey Sudodana redoblaba sus intentos por hacer olvidar a su amado hijo toda noción de dolor.
Para el efecto ordenó la construcción de tres palacios: uno apropiado para el invierno, otro para la primavera y el último para los meses de calor. Los separó por amplios jardines donde corrían arroyuelos cristalinos con gran variedad de árboles frutales.
Pavos reales hacían relucir sus imponentes abanicos multicolores; cisnes melodiosos trazaban ondas de amor sobre las aguas azules de los lagos artificiales; gacelas, ardillas y toda clase de animales pintorescos e inofensivos rondaban el lugar.
Todo este paraíso encantado estaba rodeado por altas murallas de piedra y una puerta por donde nadie podía entrar ni salir bajo la orden expresa del rey, ¡so pena de muerte!
Solamente personas jóvenes y con sonrisas permanentes vivían allí al servicio del gran príncipe. Cualquier síntoma de debilidad o una simple cana eran motivo de despido. La enfermedad, la vejez y la muerte eran temas prohibidos bajo castigo capital.
En cambio, las fiestas y toda clase de artimañas que pudieran despertar sensaciones en el cuerpo y adormecer el espíritu encontraban cabida allí. Sidarta poco caso hacia de esas necedades y una sombra tenaz velaba su semblante. En esas condiciones llegó hasta la edad de 18 años.
EL ANZUELO DE LA VIDA
Tanto tiempo transcurrió y el príncipe no daba muestras de un cambio. La resistencia del Rey Sudodana terminó aquí. Y ocurrió que un día llamó a los más sabios consejeros del reino y les obligó a encontrar una solución efectiva para que su hijo modificara sus pensamientos. Les dijo:
-Mi noble príncipe, a quien amo más que la sangre que brota de mi corazón, tendrá que ser rey de reyes, amo y señor de imperios ilimitados; pisoteará la cabeza de mis enemigos y poseerá todas las joyas y oro de la tierra; no será un monje ridículo que viva en la pobreza como tantos que se arrastran por ahí.
- ¡El amor! -Contestó un viejo y astuto consejero-, el apego a una mujer... unos ojos destellantes, unos labios sensuales, una cabellera abundante y suelta que caiga como hebras de arco iris sobre unos senos tiernos, unas caderas anchas y un talle de palmera, eso hará cambiar al príncipe convirtiéndolo en un hombre vigoroso y decidido.
- ¡Excelente! Eso es y nada más -aprobó el rey-. Pero, ¿donde conseguir una ninfa de las características descritas? Sé que en el jardín del cielo únicamente podría existir una flor que logre atravesar la barrera impenetrable que mi hijo tiene entre su ojo y su corazón.
-Perdón gran rey -dijo alguien-, Sidarta es un hombre, no un dios; y es aquí en la tierra donde las mujeres tienen el gran poder de seducir, no sólo a hombres sino a príncipes, reyes y aun a dioses. Una cadera ondulante de mujer hermosa doblega al rey más poderoso, y un solo cabello femenino arrastra un ejército.
-La mujer es un manjar digno de los dioses y sabe mejor cuando lo guisa Mara. Velos transparentes y perfumes exóticos serán los anzuelos.
Convencido Sudodana ordenó: -Haced ya una proclama en todo el imperio. Las jóvenes quinceañeras más hermosas que se acerquen aquí a competir en belleza y gracia. Sus bocas rojas han de ser como fresas y tener la propiedad de hacer chispas de amor al juntarse. ¡Sidarta será el único jurado! Cúmplase esto de inmediato; es una orden -rugió el rey, y se lanzó la proclama.
Desde todas partes acudieron las más bellas jovencitas sin importar que fueran plebeyas, hijas de nobles o reyes. La condición esencial era poseer máxima belleza, gentileza, inteligencia, gracia y un porte femenino embrujador.
Todas se disputaron el honor de ver, por lo menos de cerca, al futuro rey de reyes. Entre miles sólo 108 fueron seleccionadas y les fue concedido el honor de arrodillarse ante el príncipe para recibir de sus reales manos valiosos regalos.
El rey había ordenado que al acto se le diera especial importancia y fue así como hubo gran fiesta en la ciudad de Kapilavastú.
La pompa y el derroche fueron impresionantes. Sidarta accedió al capricho de su padre y, sin darle mucha importancia, presidió el acto como uno de tantos entretenimientos fastidiosos con que frecuentemente trataban, en vano, de distraerlo.
Una a una fueron desfilando ante él las más bellas damitas. Parecían hermosas flores traídas de un jardín celestial; perfumadas con finas esencias traídas de tierras lejanas, vestidas con las más finas sedas y transparentes velos; entrenadas en sus movimientos se llenaron de gracia y alegría.
Reyes, príncipes, máximos guerreros; la nobleza en pleno y enviados especiales se encontraban presentes. Mara, el demonio, el tentador lujurioso, el rey del mundo de las tinieblas y principie de las potestades tenebrosas, sin ser invitado y sin ser visto por nadie, también se encontraba allí. y muy cerca de Sidarta.
El rey Sudodana y los consejeros estaban pendientes de cualquier gesto involuntario que se escapara de la cara de su hijo y que indicara interés por alguna privilegiada criatura.
El nerviosismo se agravó cuando faltaban sólo cinco niñas por presentarse ante el príncipe y éste, impasible, en una forma casi mecánica, las iba despachando sin denotar absolutamente ningún interés especial.
El plan había fracasado. Los consejeros serían degradados y arrojados del palacio.
A la penúltima el joven príncipe le dio el regalo y procedió a terminar con la ceremonia; estaba aburrido de hacer lo que precisamente no quería.
El recio rey, capaz de detener el tiempo con un grito, palideció y por su frente corrió un sudor frío; cerró los ojos. La incertidumbre se propagó entre los pocos que sabían la finalidad tan importante y definitiva que representaba aquel acto.
La fastuosidad de sus trajes y la riqueza de sus adornos contrastaba con el miedo que sentían Esperaban derretidos el estallido brutal de "su excelsa majestad".
Por último, un rayo de sol se les apareció: tan hermosa como un amanecer en primavera, finalizó el desfile la primogénita del rey Koli, una niña de ambarinos ojos y mirada celeste; hizo la usual venia ante el príncipe y ocurrió algo insólito e inesperado. Algo que era prácticamente imposible que ocurriera y menos en el carácter apagado de Sidarta.
Sus ojos brillaron con la luz de su alma y se encendió una llama en su corazón.
-Mírame a la cara le dijo el príncipe-.
Los ojos de la joven princesa, tan brillantes como el sol al mediodía, y sin parpadear ni un segundo, destellaron como una en luz en el mar, y encandilaron el alma de Sidarta, el cual quedó inmerso en un éxtasis dorado.
La pureza y el candor de la joven penetraron hasta el corazón del príncipe quien tembló como una frágil hoja seca, pero se contuvo.
La pasión llegó como un rayo, sin aviso ni tiempo de espera; no hubo preparación ni galanteos, y el príncipe le musitó en voz baja:
- ¿Llegarías a ser mi esposa por amor?
La jovencita sintió un embeleso tan bello, tan sublime, que contuvo el aliento por temor a que desapareciera. Luego suspiró y respondió:
- ¡OH gran príncipe! Te confieso: en verdad, que, desde el día que me sostuviste en tus brazos, no he dejado ni un minuto de quererte.
-Aún no comprendo. Nunca he sostenido en mis brazos una mujer -le aseguró el olvidadizo príncipe-. ¿Cómo te llamas?
-Yasodara es mi nombre.
La ceremonia había terminado y Sidarta comunicó a su feliz padre la decisión de contraer matrimonio con la princesa Yasodara.
El rey se levantó de su asiento y volvió a sentarse. Soltó una carcajada nerviosa, se paró y se sentó de nuevo. No sabia qué hacer ni qué decir... parecía un niño inmerso en la felicidad. Había gloria en su corazón.
Luego sobrevino una inundación de vino: Música, desfiles, magos, danzarines; nobles, gobernantes, reyes y súbditos se entregaron a una especial celebración que hizo temblar la tierra de emoción.
EL TRIUNFO Y EL FRACASO
No sólo en la superficie del mundo subía el calor con la noticia. En las profundidades abismales del infierno se prendió la horrenda fiesta.
La sangre de inocentes sirvió de vino a Mara. El rey del dolor, la enfermedad y la muerte había llegado con la triunfal noticia:
¡Sidarta ya no predicará la verdad... ni podrá encontrarla!
Emitió un ensordecedor graznido de triunfo y, con una llamarada de odio, atrajo a los genios del mal que habían huido despavoridos cuando nació el príncipe. El peligro para ellos había pasado. Quien estaba destinado a destruirlos ahora había sido enlazado por las trampas del vivir mundano que lo llenarían de obligaciones y le harían olvidar el deber para el cual había nacido; porque, corazón seducido, cuerpo esclavo.
Sidarta había caído en la red. Había mordido la carnada del amor mundano que tiene por anzuelo vivientes flores.
Fétidos vahos de intriga se esparcieron por el mundo; los horridos espectros de la ira, la envidia y el egoísmo, andarían sueltos sin temor a ser fustigados por la sabiduría que permanecería escondida sin quien descubriera el secreto de los secretos.
En los ámbitos celestes, los dioses encargados de entregar a la humanidad el néctar de la inmortalidad estaban confundidos. Se había perdido la oportunidad de dar a los hombres el máximo conocimiento a que se puede llegar.
Ellos no podían salvar al mundo, porque es la ley que la salvación sea personal: cada uno tiene que salvarse a sí mismo, pero ¿con qué elementos?
Los hombres necesitan de un verdadero maestro que los guíe por el sendero recto; nadie nace aprendido...
Pero es más fácil que una estrella cambie de posición en el cielo que exista un Buda en la Tierra. Y, quien estaba destinado a hacerlo, había fallado.
Por las anteriores razones en la Tierra y en los infiernos había fiesta... En el cielo no.
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